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Capítulo
III
EL ADICTO
El abuso en
el consumo de drogas suele originarse en la adolescencia.
Está vinculado con el proceso normal, aunque problemático del crecimiento,
la experimentación con nuevas conductas, la autoafirmación, el
desarrollo de relaciones íntimas (habitual mente heterosexuales) con gente
ajena a la familia y el abandono del hogar.
La adolescencia es la etapa en la cual se comienza habitual mente con la ingestión de drogas,
aunque no necesariamente la adicción. Esta es la etapa
en la cual el ser humano se orienta más hacia las actividades heterosexuales
o recibe más presión para orientarse hacia ellas.
Aunque sus actos previos tendían a ser considerados como asexuales, ahora
desarrolla intereses "sexuales".
La drogadicción habla de un estado de ansiedad muy grande
y de la búsqueda de un paliativo a la falta de orden interno.
Cuando se está inarmónico se busca una compensación.
Las inmediatas son: las del sexo, las drogas y el alcohol.
Dado que vivimos en la cultura del desarraigo, la cual genera un estado de vacío
y hastío, que en alguna medida son unas de las características
de este problema y del adicto; aquel
que va a la droga busca una salida de algo más espantoso
que estar drogado, que es "no existir", porque debajo
de las drogas lo que hay es una sensación de vacío
de conciencia, de paralización de la realidad, del sentimiento de la existencia.
Vacío existencial agudo que es difícil de soportar, donde el mundo
no tiene más sentido, no hay temporalidad; es como si el mundo estuviera
parado.
En consecuencia, eso que llamamos conciencia vacía es tan difícil
de soportar que debe tener una salida.
Una es la droga y otra posibilidad que surge es la violencia,
dado que genera un nuevo contacto con el otro.
Las drogas en general estimulan la capacidad de percepción
interna y externa.
¿Se puede establecer un paralelismo entre consumo de drogas y
violencia?
Son dos "soluciones"; dos salidas casi peores que la enfermedad, puesto
que creo que ninguna persona hace algo que sea peor que lo que siente. Entonces
el sentimiento de inexistencia, de paralización de la realidad es tan
insoportable que el consumo de drogas que generan químicamente
una estimulación con la que el sujeto se reconecta con la sensación
que el mundo vuelve a girar nuevamente, que él existe.
Debemos tener siempre bien presente que la enfermedad está antes que las drogas y
que la única posibilidad de ayudar aun adicto es
estimularlo y orientarlo para que pueda organizar la realidad que tiene que ver
con lo afectivo y con un proyecto de vida.
No se le puede sacar las drogas sino se le permite que encuentre
un proyecto de vida. Pero antes de analizar y proponer caminos, entendamos qué significa "Ser adicto".
Se reconoce comúnmente que los drogadictos suelen
presentarse como individuos dependientes e inadaptados que a menudo se "derrumban".
Al parecer "no funcionan" porque son demasiado dependientes y no están
preparados para asumir responsabilidades, como si necesitaran protección.
Ciertas drogas le otorgan una sensación de poder, omnipotencia
y "éxito triunfal".
Parecen independientes pero no loson.
Se trata de una pseudo individuación, pues sus devaneos y alardes se dan
por sentados.
Se culpa a la droga. Sin ella "no son así'.
A través del ciclo de la adicción a las drogas, el adicto y
su familia entera se ven involucrados en una representación repetitiva
de abandono y regresión.
Las drogas producen una suerte de experiencia sexual, lo cual
explica en parte el lenguaje coloridamente erótico y la ternura amatoria
que los adictos relacionan con varios aspectos del
hábito, tratándolo como si fuera un amante.
Como al parecer, el hábito también reduce el impulso sexual, de
nuevo ofrece una solución para el dilema del adicto. La
droga le brinda una experiencia cuasi-sexual, sin deslealtad a la familia,
y más obviamente a la madre.
No tiene que formar una relación heterosexual pero en cambio puede relacionarse
sexualmente con la droga.
COMPETENCIA / SEUDOINDIVIDUACIÓN
El adicto es
competente dentro de un marco de incompetencia. Forma relaciones entre
los miembros de la subcultura de las drogas; trafica
y gana dinero para mantener su hábito.
Así tiene amigos o pares y en este sentido cree ser adulto, independiente
y "exitoso".
No es así, pues cuantas más drogas ingiere,
más inútil, dependiente e incompetente es. En otras palabras,
puede ser exitoso y competente sólo dentro del marco de una subcultura
de fracasados e incompetentes.
Es un reino limitado, restringido a gente que necesita ayuda y
no puede funcionar adecuadamente dentro de la sociedad.
La adicción permite al adicto solucionar
su dilema en apariencia, pues parece estar fuera de la familia, pero
solo en un sentido que a veces es tolerable para sus padres y lo mantiene
en el rol asignado.
El drogadicto está atrapado en un dilema.
Por una parte sufre grandes presiones para permanecer estrechamente ligado
a la familia (que puede derrumbarse sin él), mientras que, por
otra parte fuerzas socioculturales y biológicas lo incitan a establecer
relaciones íntimas externas.
Las relaciones del adicto con la cultura de
las drogas, en realidad "refuerzan" su dependencia respecto
de la familia.
Las relaciones externas se pueden considerar como el escenario para una
conducta seudo- independiente y seudo-competente, por parte del adicto.
Su indefensión (su adicción) se redefine
como un agente generador de dependencia, (es decir como "enfermedad")
dentro de la familia.
Recordemos que cuando una persona no tiene compensación, solo
logra retraerse cada vez más.
El toxicómano está enfermo de
nuestro mundo; y puesto que él se relaciona concretamente con
la colectividad por su familia, se puede decir que está, en principio,
enfermo de sus padres.
Para él droga constituye casi siempre un medio
casi mágico de supervivencia en el seno de relaciones familiares
vividas como un conflicto sin salida.
En el equipaje del toxicómano que se vuelve
hacia nosotros están el padre y la madre, a quienes
vemos surgir casi siempre en primer lugar. Su edad (la del adicto),
su inmersión en la subcultura de las drogas,
los frecuentes cambios de residencia y otras circunstancias denotan
que el adicto está separado o al
menos distanciado de uno o ambos progenitores.
¿Qué oculta, en efecto, la vida marginada y
desordenada en un sujeto, sino el deseo más o menos confeso de eludir
y de enmascarar los problemas que le mortifican?
Todos los días escuchamos cosas como: "Los drogadictos,
esos pillos, esos cobardes y vagos que no saben enfrentarse a la vida. " Pero
cuando uno se interroga y los interroga, se descubre en muchos una dimensión
tal de desesperación que uno queda a la par helado y paralizado.
Algunos adictos llevan en ellos tales heridas de una
infancia tan profundamente castigada que eso de alguna
manera explica por que son prisioneros de un ciclo en el
que giran como animales enjaulados; ciclo que es del placer y
la muerte, éste último inabandonable cuando dicen "soy
capaz de ir hasta el final y no pierdo nada".
¿Cuál es la relación entre la droga y la
muerte, esa muerte con la que juega el drogadicto,
que acepta y acomete a la vez?
En esta era de la psicoquímica, cada adicto crea
a voluntad sus emociones y sus "viajes", jugando con su cerebro, alternando
su percepción.
Esta voluntad de "desconectarse", esta necesidad de liberación
interior, este intento de escapismo ante la cruel realidad que usualmente les
toca vivir, los lleva a nadar en un terror constante; provocadores que disimulan
detrás de una máscara de malhechor el increíble miedo que
los devora, miedo al mundo, miedo a los demás, miedo a sus padres, miedo
al fracaso y a veces el éxito, miedo al rechazo, miedo a no encontrar
la manera de ganarse la vida y desenvolverse coherentemente, etc.
Se hacen los duros, muestran un aire triunfal, emancipado, pero en el fondo no
son sino niños.
En el recurso de las drogas vemos abatirse el seudo-vuelo espiritual
que se desarrolla con la ingestión de alucinógenos para
ver surgir la miseria, la locura, la degradación y la muerte.
La fascinación es sustituida generalmente por la más oscura desesperanza.
Los consumidores intermitentes de drogas "blandas" o "livianas" conservan
por lo general un equilibrio personal que es enmarcado por las reglamentaciones sociales
convencionales; también nos encontramos con toda esa gente bien ubicada social y
familiarmente que algunas veces y con gran cuidado en la dosificación,
consume productos nocivos y prohibidos.
No debemos olvidarnos a los consumidores abusivos
de alcohol y medicamentos, que no son otra cosa que drogadictos legales
cuya existencia se desarrolla, mal o bien en el curso habitual de la vida.
Del mismo modo podemos imaginar a drogadictos en armonía
consigo mismos y con el medio, si el contexto socio-cultural precisamente integra
y acepta cierto uso de estupefacientes.
Los indios de México recurren a la mezcalina en su relación con
lo sagrado y lo secreto.
Ella interviene en los momentos precisos, en relación con el rito solar,
en el interior de una conducta religiosa guiada por un jefe.
En este caso, participa de una civilización y, a través de este
acto, el que la ingiere confirma (entre otras cosas) su pertenencia al grupo.
Es decir que la droga, no es un fin sino un medio. Retornando
al adicto nuestro de hoy día, quiere
obtener todo y todo de golpe, rechazando el consenso socio-cultural
en el marco del cual vive y que lo incita a la rebelión.
Pero haciendo esto, cae víctima de una ilusión
temible, ya que no resuelve jamás sus problemas neuróticos
por la toxicomanía; al contrario, los disfraza.
Jamás la droga lo liberará definitivamente de
lo que no soporta: Haber nacido de un padre y de una madre que jamás
conoció o bien toda clase de conflictos existenciales, familiares o sociales.
Al adicto, lo cotidiano suele parecerle insatisfactorio
comparado con el poder de evasión que aportan las drogas,
gozar de un placer absoluto, a veces similar al goce sexual, un placer
que algunos lo definen como fantasmagórico.
Resumiendo el adicto suele drogarse por
placer, para alejarse de las miserias de su vida.
Su sino es el abandono, el abandono en sus diversas gamas.
Conociendo solo hogares provisionales, prefiere vivir de actividades
tales como la estafa, venta de drogas, prostitución,
robo y toda clase de ilícitos.
En los menores de edad con cuadro de abandono familiar y afectivo es
común escuchar sus experiencias vividas a través del largo
calvario por los institutos reformatorios.
Melancólicos, pendencieros, solitarios, fracasados, rebeldes,
así suelen presentarse algunos adictos,
viviendo cotidianamente sumidos en la miseria y degradación.
¿Qué otro crimen cometieron estos jóvenes, sino rechazar
el mundo organizado en el cual los quieren hacer vivir?
¿Con qué derecho juzgarlos, con qué derecho también
pretender no ver en ellos a simples enfermos?
Y si son responsables necesarios, ¿Por qué no
comenzar a interrogarnos nosotros mismos?
En muchos adictos, sus desgracias están motivadas
pon -Carencias afectivas.
-Sus razones o sinrazones de vivir.
-Falta de comunicación y de comprensión familiar.
-La no posibilidad de encontrar espacios. (Socialmente hablando) -Frustraciones
en lo vocacional y en lo educacional.
-Desilusiones en frustradas relaciones de pareja.
-Vacío y desconcierto espiritual.
-Impotencia ante tantas injusticias sociales.
-Desesperación última por
la tardanza de la celebridad.
-Dificultades sexuales.
-Complejos, inhibiciones.
-Muertes o pérdidas parentales.
Algunos arrastran una desesperación mortal y comienzan
probando drogas para imitar a otros de su medio,
para no ser menos, para la obtención de un grado de pertenencia
para con el grupo y el entorno.
Sus rostros tristemente desengañados esconden aquel
comienzo en el cual sólo pretendieron encontrarse con
el hedonismo, el placer, el puro placer de gozar.
Para conjurar el abandono, no basta con pagar a niñeras.
El desierto afectivo donde se desarrolló toda una
infancia suele ser un factor determinante crucial.
Los adictos son, entre otras cosas,
jóvenes que en ciertos aspectos rompieron
relaciones con el "establisbment".
No son pocos los que conocen la decadencia verdadera,
un estado de insatisfacción en el que
la droga constituye la idea fija.
Los toxicómanos empedernidos viven en el riesgo, en
la clandestinidad y, marginalidad; si bien algunos intentan
manejar y poseer una prudencia relativa, la inquietud de tener una
buena imagen social, etc. la negativa por otro lado
a la dosificación, sus formas de proselitismo provocador,
la seudo-ruptura con el mundo impulsada por una ideología
revolucionaria de tipo auto-destructiva los termina desgastando y
arruinando. Los drogadictos de ayer no
son los mismos que los de hoy. Antes se drogaban
los que estaban bien ubicados socio-profesionalmente, los adultos
que tenían un papel social, militares, médicos,
artistas, jerarcas del delito, aristócratas, nobles, etc.
Hoy también son jóvenes que discuten o que se enfrentan
globalmente a la sociedad en la que viven (muchos se niegan a vivir
dentro de ella).
Tenemos que afrontar un problema de civilización, es
decir un problema de conjunto que se sitúa más
allá de una simple unión aislada de marginados.
A nivel general como nivel individual, no coincido en relación
a si un flagelo se combate sólo mediante la intimidación.
Para los adictos, para los jóvenes, es castigo
no tiene ningún valor intimidatorio. Al contrario, eso le confirmaría
en su actitud y en el sentimiento de que están siendo
perseguidos injustamente. La intimidación solo los conduciría
a aumentar su odio contra lo social. No todos los adictos dicen
lo mismo. Presentan graves conflictos en su personalidad, donde se mezclan una
megalomanía exacerbada, falta de escrúpulos, dificultad y negación
para asumir responsabilidades, desorden, necesidad de llamar la atención,
incumplimiento de horarios, en algunos una crueldad increíble, valores
trastocados, hedonismo, promiscuidad sexual, inconstancia en sus relaciones de
pareja, deshonestidad, baja de autoestima, etc.
Pero estos rasgos son de un hipersensibilidad neurótica, con una tendencia
bastante fascinante al comportamiento suicida; frágiles que ya no saben
creer, se creen personajes de cine; enfermos, seres nocivos que necesitan
ayuda.
Se puede afirmar que los adictos revelan elevadas tasas
de mortandad, expectativas de vida inferiores al promedio general y una incidencia
de muertes repentinas mayor que la normal.
Los adictos suelen expresar más deseo
de muerte que otros pacientes psiquiátricos. En buena medida,
esto indica una tendencia suicida y varios autores han comparado la adicción con
un suicidio crónico.
Por otro lado, el ambiente de los drogadictos se encuentra
podrido desde todo punto de vista: alcahuetes, delatores, policías y jueces
corruptos, abogados especuladores, etc. se vive sin cesar entre enredos y denuncias.
El fenómeno de la drogadicción esconde ante todo
una enfermedad de la relación padre-niño, madre-niño. Cada
uno se ubica en los confines de dos mundos que se oponen. Los jóvenes
rechazan el universo del "colectivo-trabajo-casa" y sus escapatorias
miserables, el alcoholismo del padre en las clases populares,
la organización estúpida de los momentos libres, el culto de la
televisión y del automóvil, el materialismo y consumismo que aliena
insidiosamente el círculo familiar.
Criticando los valores tradicionales de la familia, estos jóvenes constituyen
de una manera más amplia una especie de señal-síntoma profética.
Los padres se lamentan de una falta de afecto entre sus hijos. Los toxicómanos refutan
este
reproche con firmeza: para ellos el problema no se sitúa
en este nivel. Lo que ellos cuestionan es el papel de amaestramiento adjudicando
a la familia, las dudosas normas que ésta promueve: obediencia incondicional
al padre, al maestro, al patrón, el culto a la madre coneja (consagrada
a su progenitura que hace de ella lo fundamental).
Y las resonantes preguntas: ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Para
qué ahorrar, planificar, etc. ?
No tengo la menor duda que el problema del adicto es
mucho más de orden psicológico que fisiológico. Un adicto es
un ser que inyectándose siente la revelación de un goce extraordinario
superior al que experimentaría en una relación sexual pero quizás
eso no sea lo más importante, sino la rememoración embellecedora
de ese placer.
Vivirá para volver a inyectarse, con él fin de reencontrar el éxtasis
original a través del recuerdo deslumbrante que de él habrá construido.
Cuando el placer va desdibujándose, necesitará aumentar las dosis.
Un adicto accede a un estallido del tiempo, experimenta
fenómenos de aceleración y desaceleración realmente increíbles.
Un minuto parece durar una fracción de segundo, o inversamente, un año
entero.
El drogado, en un soplo puede tener un recuerdo fulgurante de
toda su vida y de los fantasmas que la gobiernan y descubrir en una especie de
explosión todo lo que un psicoanálisis de varios años habría
puesto al día laboriosamente. Por otra parte, algunas clases de adictos se
detienen durante horas a escuchar el tic-tac de un reloj, oír al infinito
disminuir la marcha o alucinando cambiar los colores a un atardecer o a determinada
iluminación.
El espacio, para los toxicómanos no es menos
retorcido y dislocado. Tan pronto tienen la sensación de estar en otra
parte como de atravesar mundos transiderales, de "planear", de vivir "en
otro planeta", según su terminología.
O por el contrario, son presas de un verdadero vértigo de inmovilidad
y se quedan horas enteras tirados en la cama. Puede ocurrir en fin, que una embriaguez
de velocidad los impulse, con lo que estarán siempre desplazándose,
cometido, obsesionados por la necesidad de cambiar de lugar.
Resumiendo, diría que se mueven en un universo "transfinito",
es decir, interior y exterior.
La vida cotidiana del toxicómano delata constantemente
el mundo que lo engendra, ya sea, por ejemplo: en las distorsiones perceptivas
que sugiere la "pop music" o el nomadismo inspirado por el mito de "la
ruta".
Entonces volvemos a recordar que el adicto es un ser
encadenado patéticamente al producto que consume y a una forma de vida. Tengamos
siempre bien presente que recurre a estas sustancias para compensar
toda la angustia paroxística que lleva dentro.
La falta de drogas no es nada en relación con las carencias psicológicas
y afectivas que sufre el adicto, unas carencias
que atañen a todos, es cierto, pero jamás con tan apremiante tormento.
Muchos adictos son esta especie de desamparo viviente
replegado sobre sí mismo.
Algunos descubren las drogas con más
curiosidad que pasión.
Conociendo en profundidad a los adictos llegamos a
la triste conclusión de que sus campos de interés están
reducidos. Para ellos solo existen las drogas y el hedonismo;
todo gira en torno a ello.
En general son personas poco formales. Rostros divididos entre el temor y un
candor que parte el alma.
Algunos pretenden llamar la atención exteriorizando conductas extravagantes
y deambulando vestidos con colores estrafalarios.
Yo diría que son demasiados sensibles, desprovistos o rebeldes a quienes
las dificultades de la época sumergieron en el malvivir.
Suelen sobrevivir dentro de un chaleco de fuerza químico, haciéndose
a un lado, automarginándose.
VIOLENCIA /PLACER
La
violencia, en el adicto, se vuelve primero
contra él y con la vehemencia más extremada; pero al mismo
tiempo se dirige contra el exterior, es parte integrante de la relación
que mantiene con su ambiente; es la relación que une al enfermo
con todos los que están cerca de él para ayudarlo
y amarlo.
El toxicómano por una parte y su ambiente
por otro, se enzarzan en una especie de juego perverso en el cual los
personajes están siempre en situación de reciprocidad,
que es intolerable pero también gozosa; la realidad de la angustia.
No es dudoso que esta violencia del enfermo sea provocada, redoblada
por la sociedad misma, por el universo concentracionario donde se despliega.
Resulta vigente humanizar la sociedad.
Cuando el adicto está indefinidamente
condenado a girar en círculos en un mismo cubil en medio de la
más completa promiscuidad, sufre, aunque pretenda y se esfuerce
por ocultarlo.
Encontrarnos en muchos adictos trastornos de
carácter bastante acusados.
Algunos se convierten en depositarios de la tragedia paterna, materna
o familiar.
Habiendo roto brutalmente con su existencia anterior, dejando atrás
sus estudios y abandonando padres y familia, mostrándose felices
con su vivir, critican valores tales como el trabajo, el éxito,
el ahorro, estabilidad, la puntualidad, y todo cuanto tenga que ver con
adaptación social.
Estos jóvenes muchas veces ignorados se levantan como
un pueblo de sombras, surgiendo de todas partes, provenientes
de lugares diversos y de todas las capas de la población.
Inconscientemente algunos se hacen arrestar a veces como resultante de
una necesidad de ser castigados, lo cual los impulsa a acumular hechos
delictivos a fin de hacerse detener.
En general tienen dificultad para expresar su agresividad; es uno de
sus grandes problemas. Por el contrario, la interiorizan
dirigiéndola contra ellos mismos y contra su propia culpabilidad.
Es entonces que surgen nuevamente las ganas de drogarse con
extremada violencia. Que sea suficiente dar para recibir sería
demasiado simple: Quien ha tenido una infancia y una adolescencia arruinadas
ha perdido prácticamente todo, a veces incluso el afán
de salvarse.
Drogarse es hablar a solas con uno misino. Es convertirse
en un ser enclaustrado en un proceso interior, alienado por el mecanismo
de la rememoración obsesionante del placer.
Acerca del placer, muchas veces parece no depender de la ilusión
vivida, del fantasma, sino que pertenece a lo real, al goce verdadero.
Esa ausencia que ingresa en el organismo, que explota en el cuerpo y
en la mente, que engendra una ráfaga fulgurante, erótica
y de puro placer.
¿Quiere decir esto que drogarse es hacer el amor con
uno mismo?
En el lapso de un "flash" pueden tener el sentimiento de inmortalizarse
y de identificarse con Dios.
El drogadicto puede dar testimonio de una serie
de experiencias inéditas, desconocidas por el hombre ordinario.
Muchas veces el accionar del adicto va de la
mano del suicidio clásico que sanciona al amor rechazado.
Viviendo el infierno de la dependencia, sufren constantemente
la falta de drogas. La salud del adicto se
quebranta, se siente penosamente oprimido; es mucho más que un
mal trance.
Algunos adictos casi no comen, ni duermen durante
días y hasta semanas enteras, se vuelven esqueléticos,
(esto suele sucederles generalmente a los cocainómanos)
su propio abandono los lleva a convivir con infecciones, heridas, llagas,
falta de dientes y de muelas e incluyen en su equipaje una melancolía
de viejo que se siente abandonado.
También nos encontramos con aquellos "adictos delatores" que
no son otra cosa que confidentes e informantes, que con esas conductas,
creo que lo que buscan es cortar los puentes con el medio.
¿A quién se denomina drogadicto?
El que atenta contra la razón común es llamado loco.
EL que atenta contra la propiedad privada es llamado delincuente.
El que atenta contra la vida del otro es llamado asesino.
El que ingiere algún tipo de sustancia tóxica o bien el
que abusa de las dosis científicamente recomendadas, al que se
lo considera incapaz de dirigir socialmente su vida,
se lo denomina drogadicto.
Ningún adicto, ninguna persona que demanda droga es adicto a
un producto específico, siempre es adicto a
la dependencia. A la dependencia por
la falta de cobertura de necesidades que el modelo en el cual nos desenvolvemos
no nos deja alternativa. Entonces el resultado es bastante obvio: se
genera una población adicta y no es casual que
los países industrializados sean los mayores consumidores.
Me pregunto si los adictos son enfermos o víctimas del
medio social. O ambas cosas.
Creo que la respuesta ahora la conocemos mejor.
¿Existe un estereotipo del joven drogadicto?
Si, lamentablemente está muy formado a partir de los medios de
comunicación. No comparto el esquema, pero existe un estereotipo
ya que cualquier persona te señala un perfil de vestimenta, de
forma de caminar, etc. No lo comparto pero existe al igual que el del
criminal.
¿Qué es un joven transgresor con conductas adictivas?
Sería un menor edad que incurre en algún tipo de delito
penal y que al mismo tiempo utiliza sustancias tóxicas.
Usualmente se hace el estereotipo del tóxico-dependiente como
que es un joven, pero eso no es cierto, ya que de ninguna manera debe
delimitarse a esa franja. Hay gran cantidad de adultos dependientes que abusan de
los psicofármacos y de otras variedades
de drogas.
Ante la ley, teóricamente es lo mismo, pero si vemos las estadísticas
de suicidio, notamos que afecta a personas de alrededor de 40 años;
sobre todo mujeres que son muy vulnerables al uso y abuso de psicofármacos.
El adicto, el transgresor, el marginal
siente más de cerca la violencia de una sociedad injusta.
Muchos de ellos van de un lado a otro, ofendidos por todo, ofendidos
de nacer, con ganas de tener alguna identidad aunque sea en la muerte.
El "rock duro" les permite el desahogo, expresar su desesperanza,
su falta de salidas:
"Si amaneces triste ¡mátate!" "Si la policía
te molesta mucho, ¡mátate!"
Así dicen algunas
de sus canciones.
En este submundo se mata por necesidad o simplemente
por "vivir- bien", con buena pinta.
No importa vivir pocos años, lo importante es disfrutar y vivir
plenamente el hoy.
El sueño dorado de todos es vivir a lo "Scarface".
Arrastran sus vidas, sin futuro, pendientes del azar.
Uno de los mayores problemas del adicto es
su obsesión por como ubicar al revendedor, como
conseguir el dinero o como escapar de la represión.
A veces creo que los psicópatas aprovechan la drogadicción para
encubrir y buscar atenuantes a su amoralidad y a su acción social.
COMUNICACIÓN
Los drogadictos se
desconectan con facilidad o se comunican mal.
¿Por qué? Porque el psiquismo está organizado en base
a un diálogo con otro que crea estimulación y al drogadicto,
en general, no le han enseñado a dialogar con palabras.
Lo único que produce son actos.
Está aislado comunicacionalmente. La única posibilidad
real y existente es darle algo que sustituya a las drogas,
como la restitución del diálogo con otros que le permitan
tener sentimiento de existencia nuevamente.
No olvidemos que están condenados por el sistema. Por ejemplo,
esas patotas que se quedan vagando por la ciudad sin sentido y por ocio,
se agrupan en hordas primitivas para evitar ese sentimiento
tan angustiante de vacío.
Leyendo alguno de los tantos libros acerca de drogas me
encontré con una declaración de David Crosby una vez recuperado
de su adicción a la heroína y
a la cocaína que decía: "Me
había acostumbrado a escribir, actuar y vivir bajo el efecto de
las drogas; con el paso del tiempo empecé a creer
que necesitaba de la droga para hacer todo eso y temía
no funcionar sin ella. " Por eso, recordemos que el drogadicto pierde
su condición humana, se altera su sensibilidad moral, la obsesión por
las drogas lo ciega moralmente y para conseguirlas algunos
llegan a matar, robar, traficar, prostituirse, etc.
EL MEDIO AMBIENTE
El adicto se
droga dentro de un grupo multidisciplinario
con gente que roba, se prostituye, estafa, hace contrabando, mantenidos,
artistas, bohemios y también seres del sector empresarial, político,
profesional, etc.
Parte de su discurso, sobre todo de los más marginales suele ser: "Es
difícil salir porque afuera no hay nada. La sociedad no te ofrece
nada. Ese es el problema." "La situación
no da para salir a la calle a buscar un laburo".
El medio ambiente ejerce una gran presión. Algunos se hacen drogadictos para
ser alguien en alguna parte. Terminan arrastrando una desesperación
mortal, habiendo probado las drogas quizás para
imitar a algunos jóvenes que sufrían dificultades infinitamente
más dramáticas que las suyas.
En muchos, su pasión es la de gozar y la de destruir a la vez.
Es un medio ambiente poseedor de heridas las cuales suelen ser difíciles
de cicatrizar.
Las drogas suelen estar justificadas por la estética,
el cinismo, el gusto por lo raro, lo extraño, el flirteo narcisista.
Cuando la toxicomanía pasa del nivel de la estética
y de la perversión solitaria al de la corrupción y el dinero,
se sitúa en el interior del sistema existente, ya que el poder
que confiere sólo se define en función de los cuadros (sociales
o morales), establecidos.
Este mundo es muy pequeño, más que nada un epifenómeno
y curiosamente, a pesar de las motivaciones propias de cada uno, tiene
una tendencia instintivamente a agruparse.
Las drogas sirven de lazo de unión a esta micro-sociedad
que la emplea tanto para organizar parrandas como para vivir o mejor
dicho sobrevivir cotidianamente.
En la mayor parte de estos intoxicados, el día
se esfuerza en disipar los estragos de la noche.
Con el llegar de la madrugada, los papeles suelen redistribuirse, cada
uno vuelve (si puede), a ser lo que es en la panoplia social:
magistrado, médico, militar, ejecutivo de empresa.
Lo importante es "durar" como si nada hubiese pasado, y sin
duda, una de las seducciones de este juego peligroso
es crear un abismo y tratar de no caerse, como el torero que se expone
a los cuernos del animal.
La trayectoria del drogadicto que no quiere
o no ha llegado a dejar el hábito no es rectilínea, por
el contrario, está lejos de serlo.
Si bien su internación en algún programa
de rehabilitación constituye un momento crucial puede
ser solo un episodio, después del cual todavía tiene que
volver a aprender a vivir, mientras la obsesión subsista
y con ella una cierta organización psicológica dominada
por la angustia y la inestabilidad, se debe seguir prestando atención
a las presiones.
Un drogadicto que se detiene no está,
por lo tanto curado.
Al contrario, está constantemente en peligro de
reincidir.
Muchos adictos, una vez internados (hablo de
2 décadas atrás ya que hoy en día en Comunidad Terapéutica esto
no sucede) se encontraban con que hablaban un lenguaje muy distinto al
de los profesionales.
Los psiquiatras habían sido formados en el miedo
extremo a la alucinación y en esas ocasiones
se enfrentaban con gente que la buscaba de modo deliberado.
La palabra "delirio" poseía páralos
profesionales una connotación peyorativa y formulaban a su respecto,
diagnósticos angustiados.
En nuestro mundo occidental la búsqueda voluntaria de la alucinación surge
como un fenómeno con Precedentes; pero muchos analistas solo ponen
en funcionamiento las pequeñas máquinas reductoras que
reemplazan a la reflexión.
Antes de finalizar este capítulo preguntaría: ¿Los
individuos son responsables de sus acciones, incluyendo la de suicidarse abusando
del consumo de drogas?
Una respuesta que resume todo lo dicho: Aquel que va a las drogas,
como adicto, busca en ellas un terapia,
una salida a algo mucho más espantoso que estar drogado.
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