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CAPITULO IV
HISTORIA DE LA DROGADICCIÓN
El relato bíblico menciona ya el consumo y
los efectos de la más universal de las drogas:
el alcohol.
El patriarca Noé estaba embriagado y su hijo
Cam burlándose de él fueron los protagonistas.
Las primeras sociedades urbanas: Egipto, Mesopotamia, el valle del Indo,
etc. aportaron a la humanidad las primeras noticias documentadas sobre
la existencia de drogas embriagantes.
En Egipto la más corriente fue el opio y una especie de cerveza
cuyo consumo se gravaba con impuestos.
El Rig Veda, libro sagrado de la India, contiene referencias al "soma",
bebida ritual que elevaba "hasta las nubes", a quien la consumía;
la Odisea griega recoge el conocimiento de los poderes del "nepente",
brebaje que hacía olvidar el dolor y el infortunio.
El historiador Herodoto da noticias en sus obras del pueblo de los mesagetes,
que aspiraban los vapores despedidos por las "semillas de ciertas
plantas echadas al fuego".
Diversos pueblos de la antigüedad realizaban sus orgías sagradas
en las cuales se practicaban ritos con la ingestión de
sustancias estimulantes.
El alcohol ha sido sin duda la droga por
excelencia de los pueblos mediterráneos y occidentales. Sus efectos
fueron utilizados como vínculo por egipcios, griegos, romanos
y hebreos (el sincretismo judeo-cristianismo llegaría a elevar
el zumo de uva fermentada a la categoría de vehículo de
la encarnación de la divinidad). La alquimia medieval continuaría
esa larga tradición haciendo del vino el portador de una esencia
o espíritu que podía ser obtenido por destilación: "el
agua de la vida", el "aguardiente", etc. mística
manipulada del alcohol casi siempre llevada a
cabo desde los centros monásticos.
De Turquía a la India, pasando por la meseta del Irán,
el protagonismo lo ocuparon los derivados del cannabis y la adormidera.
A partir del siglo XVIII, el consumo de estas drogas se
extendió a Europa, siempre en ambientes elitistas. Los nuevos
procedimientos para introducir en el cuerpo humano las sustancias farmacológicas
(morfina) comenzaron a emplearse en el siglo XIX tras la invención
de la jeringa y la aguja hipodérmica por Wood y Pravaz.
El siglo XIX tuvo su gran auge en materia de drogadicción.
El tráfico llegó a alcanzar un volumen de negocios muy
importante e incluso amplios sectores de campesinos en los países
productores (Turquía, Birmania, Tailandia, etc. ) pasaron a depender
exclusivamente de la rentabilidad del cultivo.
El peligro más grave al considerar históricamente
el problema de las drogas es, sobre
todo, adoptar una visión etnocéntrica, que aísle
los problemas de su contexto, porque la utilización
ritual de ciertas sustancias no siempre y en todas las sociedades ha
supuesto problemas de drogadicción.
En otras ocasiones, la visión occidental interesada ha llegado
a desvirtuar incluso hechos históricos.
El estereotipo de una China consumidora tradicional de opio, por ejemplo,
esconde la vergonzosa presión británica desde mediados
del siglo XVIII, por introducir allí la droga a
gran escala, propósito que no se conseguiría hasta las
guerras del opio (1839-1842 y 1856-1858) que tuvieron como un triste
balance el aumento de opiómanos chinos en un 6. 000 % en tan sólo
28 años.
Los chinos no conocían ni eran cultivadores de opio. Uno de sus
libros de farmacopea del siglo X lo menciona refiriéndose a un
producto exótico de los valles del Indo y del Ganges, indicando
sus virtudes curativas en dosis casi homeopáticas y bajo los mismos
enfoques que en su momento describieron Discórides (Siglo I A.
C. ) o Plinio el Viejo.
La primera introducción del opio en China estuvo vinculada a los
holandeses y portugueses.
Ya en 1578 un médico chino escribía: "La adormidera
produce un medicamento que cura, pero que mata como un sable".
En 1729 el emperador Yung-Chen consciente de la escalada del opio en
su país promulgó las primeras normas de restricción
y limitación de su comercio pero la Compañía Inglesa
de las Indias Orientales continuó incrementando el tráfico
de la droga en régimen de monopolio.
El aumento y la extensión del conflicto fue tan espectacular que
en 1838 el propio emperador Ming-ning apeló directamente a la
reina Victoria para que prohibiese a sus súbditos vender en China
lo que no era lícito en Gran Bretaña pero la Cámara
de los Comunes Británica decidiría que "era inoportuno
abandonar una fuente de ingresos tan importante como el monopolio de
la Compañía de las Indias en materia de opio". La
morfina tuvo un inicio recién en 1830 cuando el francés
Sertürner viendo los efectos narcóticos
y estupefacientes del alcaloide que acababa de aislar, le asignó el
nombre de morfina en honor a Morfeo, dios del sueño en la mitología
griega y romana. Durante la guerra franco-prusiana de 1870-1871, los
médicos de ambos bandos administraron altas dosis del preparado
para calmar los dolores de los heridos o las víctimas de
amputaciones, por lo que no es extraño que al finalizar la contienda
aparecieron los primeros casos de toxicomanía iatrogénica
(es la producida por el suministro a un paciente en dosis no adecuadas
o en un tiempo más prolongado que el preciso). La morfina a finales
del siglo XIX fue adoptada por sectores de la alta burguesía y
del mundo artístico arruinando talentos y causando estragos irreparables.
En EE. UU. y más especialmente en San Francisco, hacia la primera
mitad de la década de los sesenta, con la aventura de la "Beat
Generation" a la que sucedería el fenómeno "hippie".
un gran sector de la juventud se sumergió entre otras cosas al consumo
de drogas.
Esta época marca, en los jóvenes estadounidenses una toma
de conciencia. Ellos ponen en duda la pretensión que tiene la
ciencia y el pensamiento científico de descubrir la totalidad
de lo real.
En el aspecto moral, reniegan de lo "razonable", del aprendizaje,
del futuro a través del pasado y de sus valores consagrados; predican
filosofías tales como: "la aventura y lo deseable están
en nosotros mismos, queremos todo, aquí y ahora".
Esta actitud producía, en la nueva generación, un desinterés
progresivo por la sociedad de consumo; respuesta a la
guerra de Vietnam (ahí surge
el LSD, marihuana y hachís),
misas libertarias, apogeo de fiestas y happenings.
Pero rápidamente la situación empeoró, se tornó más
violenta con la introducción de las drogas duras,
anfetaminas, morfina, heroína y cocaína.
Los grupos se dividen.
Los hippies y la ideología "amor y paz" declinan posteriormente
y se ven aparecer a esos muchachos fugados y perdidos que se agrupan
desesperadamente entregados a las drogas más
duras. Algunos especialistas suelen no incluir a los fumadores de marihuana o
hachís (sobre todo a los ocasionales) considerándolos adolescentes
en crisis y no drogadictos.
La drogadicción se fue convirtiendo en un fenómeno
de masas.
En el ámbito de los drogadictos todo
el universo social se encuentra representado, las clases
ricas (hijos de la aristocracia, de la alta burguesía, de altos
funcionarios) pero también muchos provenientes de los medios proletarios
y hasta los más pobres: hijos de inmigrantes que están
entre varias culturas.
Las agresiones se multiplican; éstas provienen en gran medida
de adictos que están imperiosamente
necesitados de dinero y de drogas.
Si hay variedad extrema en el origen social, también
la hay en la situación y estructuración familiar.
El problema de la toxicomanía supera
el pequeño mundo de las relaciones inmediatas con el prójimo;
los jóvenes adictos son hijos de todos
los tipos de padres posibles: permisivos o no, politizados o no, ateos
o creyentes, de izquierda o de extrema derecha.
La adicción testimonia una crisis de civilización.
Es por eso que va al extremo, como un reto cara a cara con la muerte.
Retomando lo histórico, se habló mucho en época
de guerra sobre todo de aquellos cirujanos que para poder trabajar, estaban
obligados a inyectarse en plena operación.
Si bien la juventud de décadas pasadas, se sumergió en
el consumo de drogas como método de búsqueda
de un conocimiento interior, como un signo de liberación y protesta
hacia algunos prejuicios o normas de la sociedad, a partir de allí,
la juventud se convirtió en el objetivo comercial prioritario
de los narcotraficantes que descubrieron un mercado sin limites para
sus productos.
Lo trágico del caso es que lo que en un principio pudo ser falsamente
considerado como una forma de protestar contra el "establisment" hoy
constituye la forma más efectiva de sumisión y aceptación
de las partes más negativas y deterioradas de nuestras sociedad.
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