La adicción es un estilo de comportamiento donde la vida está en venta y no vale nada para la mayoría de los libertinos.
Hemos observado como las opciones del neoliberalismo toleran y alimentan la descomposición del individuo con frialdad y egoísmo acostumbrando a ciudadanos y vecinos a defender la indiferencia frente al adicto postrado por el más prolongado e inmoral autoboicot.
El adicto, intelectualmente deshonesto, nos muestra sus trivialidades, prejuicios y descripciones miopes cuando degusta sus injustas mortificaciones confirmando minuto a minuto que es un enfermo inculto, un extraño en el mundo de la información.
El adicto es el gran protagonista de su propia mediocridad; sus familiares pasan a ser testigos de los nefastos sucesos que viven encontrándose con la mentecatez de manera constante y sofocante.
La comunidad terapéutica reciben esos seres que vendieron sus armas aquellas personas que corrompieron definitivamente la utopía poniéndolos de cara a los grandes maestros del pensamiento como Abraham, Moisés, Cristo, el apóstol Pablo y San Agustín, para rezar, cantar, escuchar o incluso sólo para vivir o tratar de comprender una organización de vida que beneficia y enaltece las personas.
La oración matinal, la bendición de los alimentos, las clases, jornadas y seminarios dedicados al enriquecimiento intelectual y los sacramentos dirigidos a la apertura espiritual forman parte de esa verdadera artillería terapéutica que de la mano con la psicología, la psiquiatría y la filosofía motivan la toma de conciencia en una reeducación muy concreta y consistente que acerca a Dios. |