El Paraíso - Comunidad Terapeutica para el tratamiento de adicciones



Rehabilitación de adicciones
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167-REPORTAJE REALIZADO EN 1904 A RAMÓN DEL VALLE INCLAN

REPORTAJE REALIZADO EN 1904 A RAMÓN DEL VALLE INCLAN

Alex: ¿Usted cómo ve a los adictos?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: A los drogadictos y a las alcohólicas las veo siempre muy pálidas; con sus ojos fatigados de mirar en la noche se desvanecen junto a toda la ruina. Son sombras entumecidas por la desconsideración y por los golpes. La adicción es una gran desgracia. Las alcohólicas están en trance de muerte; sus estados son sombríos.
Agonizan sumidas en religiosa oscuridad; en la penumbra inmóvil yacen sobre un lecho que las soporta cada vez que vuelven a caer desfallecidas junto a fervorosos y torpes devotos de la tragedia.
Los adictos son devotos seguidores de esa tragedia mortal que es la adicción. Despiertan en mi alma un mundo de recuerdos lejanos muy trágicos y sombríos porque sin duda la adicción es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber que las tentaciones y los riesgos del mundo del adicto pueden ser vencidos.
En la mujer adicta creo ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío.
La drogadicción y el alcoholismo son separaciones tan crueles como la muerte.
La mujer adicta se muestra con los ojos vidriosos, moribundos, muestra la aspereza y desnudez de su enfermedad.
Esta cercada por las sombras, hace naufragar sus esperanzas mientras espera que la muerte allane su camino.
La mujer adicta muestra ¡Cuán flaca es la naturaleza humana y cuán frágil el barro del que somos hechos!
Los drogadictos aparentan una gran pesadumbre y parecen de antemano edificados por aquella “decisión” o “elección”.
Un largo estremecimiento de agonía recorre sus cuerpos en el apacible y sereno desconsuelo cuando ya están dominados y abatidos por aquellos devotos escrúpulos que torturan el alma.
Sus ojos cada vez más hundidos en el pecado se nublan con una sombra de muerte.
El alcoholismo y la drogadicción son grandes contrariedades que encadenan los gestos de resignación con el valor para negarse al bienestar.
El adicto niega a Dios o se niega a conectarse con Dios.
La adicción es negarse, es negación, es una gran contrariedad.
Los adictos representan escenas bíblicas, agonizan contemplándose con lástima algunas mientras otras disimulan con sonrisas burlonas.
Las mujeres adictas andan detrás del vicio como sombras con sus voces cascadas, poco amables, sin dejar de caer de los labios la sonrisa honesta.
Siento que una nube de vaga tristeza les cubre el alma a esas personas que no son precisamente damas amables o devotas.
Alex: La mujer adicta ¿No ve como se deteriora? ¿Tiene conciencia? ¿Siente culpa?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Esta cegada por el Demonio, hasta hoy no ha tenido conciencia de su culpa. Como no lee en el fondo de su alma no conoce su pecado ni su arrepentimiento. Tampoco pide la devolución de La Gracia.
En el trance de su intoxicación no sabe de galanterías ni de respeto, no esta para honores ni para grandezas porque su jerarquía es la más baja.
Solo están jerárquicamente por encima de violadores, torturadores y asesinos, siendo en ocasiones su nivel y status social parejo al mendigo o al relajado.
La mujer adicta puede estar atravesando por las peores bajezas y pérdidas mientras vemos como nace en su alma ese falso orgullo, ese orgullo descarado que es el peor de los consejeros humanos.
Si la ciega Satanás no hay conciencia, ni culpas, no ve su propio deterioro.

Alex: ¿La adicción tiene entonces que ver con la falta de religiosidad?

Ramón Maria Del Valle – Inclan : Si. Yo he observado como la practica y el estremecimiento en oración bajo un rayo de sol abrileño y matinal devuelve la Gracia y aleja a la enfermedad mental.
Cuando el adicto junta sus manos con falsa beatitud sólo muestra su hipocresía fatal edificada sobre su falta de escrúpulos y de religiosidad.
Sus gestos de fatiga nos muestran que surcado por numerosos alardes de poder pagano se da permisos ofensivos y mortales.
La adicción es un permiso ofensivo y mortal.
El adicto se convierte en un lisiado pidiendo limosna. Cuando pide droga o un trago de alcohol esta rogando por una limosna; después de consumirlo pasa a ser un lisiado.
La adicción es el único amor de su vida.
La falta de fe y de religiosidad lleva a que sus ojos áridos, ya casi ciegos y su expresión intensamente pálida le proporcionan una decadente jaqueca espiritual.
La falta de religiosidad no es una bella actitud. Es un nuevo disgusto que el egoísta conquista con sus sueños pecadores para exhalar su eterna queja.
El adicto es una sombra negra, se acostumbra a la oscuridad intelectual con grandes y trágicos dolores. Lo peor de todo es que considera a las heridas de su corazón como aquellas que no tienen cura permitiendo así que la adicción decida su suerte de un modo fatal.
El alcoholismo o la drogadicción no se alejan ni desaparecen. Creo que necesitan intervenir con insolencia para mantener la consternación familiar, individual y social.
Alex: ¿Entonces el tratamiento sería beneficioso dentro de la metodología de vida claustral y del alejamiento de la sociedad?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Nunca he visto que personas alojadas en el Colegio Clementino, acatando la voluntad de Dios se alcoholicen o se droguen.
No he observado a humanistas, teólogos, doctores o bachilleres caer desfallecidos por la embriaguez dentro de la vida claustral.
El tratamiento para alcohólicos debe ayudar a que el alma se ilumine interiormente con las claridades divinas de la Gracia.
Yo opino que la rehabilitación del adicto no consiste en que le sirva e penitencia el dolor de su culpa o la vergüenza que le causa confesarla.
Creo que el adicto, como es un insolente puede ser transformado por Dios en un sabio, en un santo, pero deberá con noble entereza, con los ojos arrasados de lagrimas como los monjes devotos de la Virgen permanecer en su rehabilitación durante muchos años de estudio y oración para que todas sus pasiones se purifiquen.
Desde antes de rayar el sol tendrá la suerte de oír misa y ahí aprenderá que lo mejor de la santidad son las tentaciones.
El tratamiento de rehabilitación tiene para el adicto un vago aroma primaveral que trae en su alma una amabilidad para hacer sonreír sus ojos.
Llenos de luz ardiente y agitados por el temblor de rezos y cantos los adictos se dan cuenta que sus horas ya no están más contadas; tampoco se encuentran cercados por sombras como antes.
Los hospedados en el Colegio Clementino, en el Convento de los Franciscanos, en el Convento de Ligura fundado por el Santo de Asís, los religiosos del Convento de las Carmelitas, los Hermanos del Calvario y los Hermanos de la Pasión se dedicaron al estudio, a la oración, al trabajo con grandes maestros, Directores Espirituales, Profesores como Monseñor Estefano Gaetani, Pedro Pablo Rubenas en arte, el Obispo de Betulia, Monseñor Ferrati, Andrea del Sarto en pintura, Monseñor Sassoferrato, Santa Margarita de Lugura Abadesa de Fiesoli, San Juan de la Cruz y Simoneta la Cortticelli.
El tratamiento de rehabilitación para drogadictos y/o alcohólicos es una profunda reverencia a Dios y a la vida posibilitando sentir que el hálito de la primavera sube al rostro del adicto internado.
El individuo flamea victorioso como triunfos litúrgicos cuando deja de consumir fuego y veneno.
La fama de sus virtudes comienza a circular mientras con noble seguridad interroga a sabios y a santos.
El aprendizaje es una fragancia, una ráfaga que con el encanto misterioso y poético le enseña a gozar de Dios.
También diría que lleno de Ciencia teológica y de unción judeo-cristiana el tratamiento para los adictos congratula. Con extremada cortesía invita a una permanencia anhelante de devoción.
La vida claustral ha sido engendrada por los angeles. El adicto se convierte en guía de nuevos despojos humanos que ingresan al claustro.
Se da cuenta que las virtudes que adornan el alma ponen en marcha el duelo contra aquella vida pagana donde todo era polvo y podredumbre.
El adicto deja de mostrarse pálido y demacrado, deja de ser sombrío, torturado y colérico. Sus antiguas horas de monótona tristeza, de miradas inquisidoras y de llameantes enojos se convierten ahora en dulzura evangélica con anhelo de santidad.
El alma se enciende y lo aleja de la sórdida corte de viciosos demacrados, miserables y escuálidos.
Salmodiando bendiciones se construyen los Sueños de Santidad.
Este es el tratamiento de rehabilitación para adictos más eficaz.
El pensamiento acaricia mejores suelos cuando el adicto ignorante descubre las tablas prerrafaélicas, los arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el cielo que reflejan y cuando empieza a conocer a Cervantes, a Calderón de la Barca y a Quevedo.
El tratamiento de rehabilitación debe sacudir las crujientes y arrugadas miserias, debe brindar inspiración divina, inspiración de lo alto para que todo se vuelva para bien y eso significa que el adicto lleva nuevas ideas en la frente durante una década entera de vida claustral.
Internado estará tan conmovido con las enseñanzas que percibirá la voz del impulso correcto.
Sonreirá beatíficamente, se sentirá halagado por las ráfagas perfumadas de las clases y del estudio que como una ventana iluminada harán palpitar su corazón.
El adicto no sabe manejarse en su hogar ni con su familia o vecinos porque es un ignorante que edifica en su memoria el propio desamor con la petulancia y con la nube de tristeza que cubre su alma.
Su ignorancia es movida por oscuros presentimientos, lo deja sumido en sombras y así deja de brillar.
El adicto no brilla. En su curso fantástico y vagabundo se empuja por ese soplo invisible de mala energía que su enfermedad mental construye para armonizar con la sombra o sea para desarmonizar con la vida decente.
El tratamiento de rehabilitación para adictos debe sumergirlo en un estudio y en una contemplación semejante al éxtasis.
La vida de encierro y de alejamiento es propicia para el ensueño literario, religioso e intelectual, es un silencio perfumado en el cual contra el ruiseñor reemplazando a las antiguas voces y gritos del vulgo adictivo

Alex: ¿Los drogadictos o los ebrios son desagradables, poco atractivos y vulgares?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Tropezar con las paredes es estar completamente encapotado y eso es vulgar y desagradable.
Ya veo a los drogadictos en su confusa desventura interviniendo con insolencia, con infantil admiración por la ironía, incorporándose muy pálidos luchando en vano por retener las lágrimas de su ignorancia.
No pueden contener sus gritos de angustia.
Creo que esos “Carnavales” y orgías que realizan forman parte de la fiesta de Satanás que no es otra cosa que un grito de angustia.
Ebrios y drogados son desagradables, vomitan, perturban, se caen, cuando vuelven a erguirse son sombras y cuando defecan descompuestos no muestran poesía ni ilustración.
Si duermen mas de 6 horas son perdedores que yacen como estatuas en un sepulcro.
Cuando el adicto duerme o vegeta es por cobardía, tiembla ante la belleza, ante la poesía y ante Dios porque de tanto caminar en la oscuridad se quedó en las tinieblas.
Estar tendido es estar desmayado, con el rostro pegado a la tierra su memoria vive del recuerdo.
El drogadicto, el alcohólico, es un ser mediocre, una sombra oscura que tiembla sobresaltado ante todo lo que desconoce.
Habla mal, lee mal, escribe mal, es superficial, materialista y carnal. Su ética es dudosa, la inmoralidad distrae y perturba sus pensamientos.
Calumniando y comprendiendo mal la vida en su ignorancia hacia Dios suele tomar el aspecto del Diablo. Eso es vulgar.
El adicto no es otra cosa que un endiablado que da gustoso todo por las bajas glorias mundanas.
Es un fracasado, desagradable, íntimamente convencido de que el Diablo tienta siempre a los mejores con su aliento en llamas fustiga su carne con ráfagas violentas de adicción y excesos.
El adicto es un impulso ardiente .
Si no lee ni estudia, si no es arte ni poesía, si no reza ni es penitente es sencillamente cruel.
El adicto es cruel consigo mismo, cruel con su familia, vecinos o conocidos, es cruel con Dios y con la vida entera.
Sombrío, susurrante y oscuro perece en su reino de ignorancia que se asemeja a una inmensa sombra, a un desgarro, a un escándalo lleno de heridas, a un castigo.
El adicto clama con la pasión imposible de un hiriente. Es un fanático del mal.
Torturado por sus pensamientos se pasa la vida inquieto y febril perdido en cavilaciones infames y vulgares.
El adicto es un vulgar infame.
Como un murciélago de maleficio busca herir con su desdén.
Anuncia su indecisión, su temblor y su despecho palideciendo helado en su retroceso intelectual.
Cuando el adicto se muestra apasionado y violento, con su amabilidad felina y su osadía satánica no sabe dominarse. Es una afrenta.
El adicto es desagradable, vulgar y muy poco atractivo.

Alex: El tratamiento e rehabilitación para adictos en la Comunidad Terapéutica de puertas cerradas ¿Es algo que existió siempre?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Yo creo que sí.
Siempre existieron adictos que acompañaron sus malas acciones con una profunda descortesía.
Estos seres humillados y humillantes se desesperaron en todas las épocas con su aridez febril y con sus pensamientos enroscados como reptiles los adictos no fueron siempre precisamente triunfadores sino águilas con sus garras abiertas y miradas bufonescas.
Por aquel camino del mutismo espiritual intentaban quebrantar la tolerancia familiar y la paciencia vecinal.
Los adictos menospreciaron la vida y la virtud; fueron pecadores descarnados que mostraron un interés vil y una falta total de iluminación.
Hacían sentir algo semejante al terror. Sus familiares, con estupor y con miedo clamaban por la feliz aparición de un tratamiento que con religioso cuidado y con la fragancia delicada del aroma de santidad mantuviera a rayas a estas bestias brutales que se embriagaban, gritaban, robaban, golpeaban, incendiaban, abusaban, insultaban y asesinaban.
El tratamiento de rehabilitación para adictos en la Comunidad Terapéutica de puertas cerradas es un camino que convida a la meditación y al crecimiento entre frescos aromas que esparcen en el aire las brisas humildes que brotan escondidas como virtudes.
Los adictos que tenían por engaño del sueño esas fuerzas trágicas que ofrecían solo peligro descubrieron y aprendieron que sus vidas eran mas preciadas que todo el oro del Perú.
Yo creo que estas bestias brutales con su comportamiento de barbarie no se inclinaban en demanda de perdón ni siquiera se arrepentían al final de sus vidas.
Los he visto mostrando las cavernas desdentadas de sus bocas, andando a tientas con la culpa de no ser felices y con sus ojos desconfiados por esa astucia maligna que los hacia retroceder hacia el hechizo.
Despreciaban el remedio con gestos de brujas avarientas; se hacían pasar por predicadores, videntes, soñadores o mentalistas pero sus propios maleficios los obligaban a revolver las cenizas y a no privarlos de toda la fuerza viril.
Creo que los tratamientos de rehabilitación para drogadependientes son algo valioso que por estar entre sombras nunca pudieron ver.
Los tratamientos de rehabilitación para las adicciones reciben a los desgraciados fundidos en las brasas con sus pálidas mejillas, con el odio brillando en sus ojos; una serena y firme reflexión los distancia de la terrible tempestad y los acerca a Dios.

Alex: ¿Usted cree que los tratamientos de rehabilitación para alcohólicos son de por vida?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Sí, de por vida.
El alcohólico no es dueño de hacer su voluntad porque con su insensata impaciencia se siente preso de un afán doloroso de hacer el mal sobre la tierra con sus ardientes apetitos que torturan de una manera indefinible.
Con el vértigo de los abismos el adicto alcohólico es atraído por aquellas asechanzas misteriosas, urdidas contra si mismo en la sombría de una desusada agitación.
Con un mal presentimiento sombrío siente que su mal es incurable y que su voluntad es impotente para vencer la tentación de hacer cosas irreparables.
¡La adicción es el vértigo de la perdición! El adicto busca fatalmente las furias del oleaje de tempestad para que una ráfaga agitada lo ayude a caer sin tregua como un castigo.
Apesadumbrado y dolorido, consumido y con su alma insolente se empeña en castigar a sus familiares y en castigarse a sí mismo bebiendo tanto que siempre es capaz de cumplir su mandato.
Con insolencia en sus ojos extraviados como si huyese del Diablo debe ponerse a disposición de aquellos tratamientos de rehabilitación para adictos que funcionan todos los días durante toda su vida.
Recordemos que la adicción tiene ese empeño de aprisionar en la sombra a todos los descoloridos que se arriesgan a iniciarse o a persistir en la desgracia.
El adicto sea drogadicto o alcohólico esta al borde del abismo. pálido y angustiado muestra su agrado por la agonía, busca sufrir y morir.
Su corazón agoniza sin esperanza y a pesar de su palidez espiritual muchas veces se parece al Demonio.
El Demonio no sabe querer.
Viéndose a tal extremo desgraciado el adicto se estremece con el ansia de la espera cuando esta próxima una gran fiesta o aventura viciosa.
Su vida es un espanto.
Con un frenesí doloroso siente una voluptuosidad angustiosa mientras cree que puede arriesgarse a ser audaz en la búsqueda de palidez y de muerte.

Alex: ¿Usted está de acuerdo con los tratamientos de rehabilitación para los adictos en contra de su voluntad?

Ramón Maria Del Valle – Inclan: Sí. Como un fuego purificador el tratamiento debe llenar de gentileza.
Si al adicto hay que obligarlo a salir de sus largas historias confusas donde se repetían continuamente las mismas desgracias me parece bien.
El adicto quiere encender el candor de su carne, quiere extraviarse, dice impiedades gustando del placer doloroso y supremo del verdugo.
Arrebatado y violento, a veces con ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lagrimas.

 

 

 

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