Los institutos especializados en la atención de drogadictos ofrecen una metodología abierta y franca donde se tratan, en todos los niveles y constantemente, argumentos fundamentales para los vacíos existenciales.
Se refuerza y se enriquece la autoestima mientras el individuo se acostumbra a una participación incomparablemente más elevada respecto a los aspectos psicoterapéuticos y religiosos necesarios para ponerse de pie frente a la vida.
Se refuerzan verdaderamente los términos de cohesión grupal y de imagen (aseo, presencia y prolijidad) en una propuesta psicoterapéutica que se pronuncia claramente contra las adicciones que buscan asfixiar con altas dosis de inmoralidad a las personas sojuzgadas.
La comunidad terapéutica considera injusto y éticamente inaceptable que el drogadicto torture con sus desplantes, malas acciones y planteos desacertados a sus familiares en esa difícil convivencia cotidiana.
Lo que es moralmente inaceptable no puede negociarse, tampoco puede volverse objeto de ninguna manipulación por lo cual se elimina toda posibilidad inicial de convivencia entre el adicto y sus familiares.
Las comunidades terapéuticas son la solución al problema de las adicciones; se vieron bastante forzadas a asumir posiciones intransigentes porque aprendieron que los mecanismos para actuar los procedimientos a seguir están basados en un trabajo de convencimiento del amor de Dios. |