Los tratamientos de rehabilitación para adictos deben educar, informar y motivar la toma de conciencia de los vagos, transgresores, impíos y promiscuos.
Se deben realizar grupos de reflexión, talleres y sesiones de cine-debate para exponer las terribles realidades de desocupación, hambre, enfermedades y vidas que se podrían salvar para que los adictos comiencen a acercarse con espíritu crítico y solidario a tantos aspectos del sufrimiento humano que prefirieron desconocer o ignorar.
El adicto es un egoísta e ignorante que nada hace por el exterminio del analfabetismo, de la prostitución infantil, no se interesa por los niños que trabajan desde los seis años y se inmuta por lo que piden limosna.
El adicto defiende los barrios marginados en los que sobreviven millones de individuos en condiciones infrahumanas porque es allí donde asiste y concurre para adquirir drogas o para vincularse con el lumpen.
En sus estados de intoxicación, enajenación o de dipsomanía, el bigardo no muestra discriminación por motivos de raza o sexo, se revuelca ebrio con los abandonados y con los expulsados (de hogares, empleo, colegios, etc.).
Muestra desprecio hacia otros estilos de vida y de comportamiento porque cree que son culturas aniquiladas con vías de extinción.
La reeducación del adicto y la psicoterapia en sus diversas modalidades debe realizarse en forma cotidiana y constante para que se interese por Dios y por la vida. |